Proteger el Mediterráneo exige reducir vertidos, controlar fondeos, mejorar la depuración, limitar la artificialización del litoral y preservar corredores ecológicos.

La segunda sesión de este encuentro llega hoy a partir de las 16.00 horas bajo el título Un mar en riesgo. El desafío de proteger el latido del Mediterráneo condicionado por el éxito turístico. La cita pone el foco en un Mediterráneo sometido a una presión creciente, donde el cambio climático, el aumento de la temperatura del agua, la subida del nivel del mar y la fragilidad de los ecosistemas costeros obligan a repensar con urgencia la manera de proteger el corazón azul de nuestro territorio.

Un mar mar en riesgo. El desafío de proteger el latido del Mediterráneo condicionado por el éxito turístico

l Mediterráneo ya no avisa con metáforas. Lo hace con boyas, satélites, playas que retroceden y temperaturas marinas que rompen marcas con una insistencia inquietante. Bajo la belleza reconocible de las calas, los puertos, las praderas submarinas y los horizontes turísticos se acumula una transformación silenciosa. La región mediterránea se calienta un 20 por ciento más rápido que la media global, mientras las zonas costeras afrontan mayores riesgos de inundación, erosión y salinización de deltas y acuíferos, según recoge el Plan de Acción para el Mediterráneo del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, conocido como UNEP MAP.

La amenaza ya no pertenece al lenguaje de la predicción remota. El deterioro se mide con instrumentos científicos, se observa en series históricas y se percibe en la vida cotidiana de quienes habitan la costa. El mar se calienta, almacena más energía, altera sus ritmos y pierde parte de su capacidad para amortiguar los desequilibrios que llegan desde tierra y atmósfera. La crisis climática no se expresa solo en incendios, sequías o lluvias torrenciales. También se instala bajo la superficie, donde el aumento térmico modifica corrientes, hábitats, ciclos reproductivos y cadenas tróficas.

En 2025, el Mediterráneo registró una media de 190 días bajo condiciones de ola de calor marina en el conjunto de la cuenca, según el Informe Anual 2025 del Sistema de Observación y Predicción Costero de las Illes Balears, SOCIB. La misma información señala que Baleares vivió el pasado año el registro de temperatura superficial del mar más cálido de su historia, con una temperatura media regional de 28,4 grados el 3 de julio, casi cinco grados por encima del promedio histórico, y con boyas costeras que llegaron a marcar valores próximos a los 31 grados.

La posidonia ocupa un lugar esencial. Sus praderas sostienen biodiversidad, fijan carbono, retienen sedimentos, mejoran la transparencia del agua y reducen la energía del oleaje.

La cifra contiene una advertencia mayor que su apariencia estadística. Un mar más caliente no es únicamente un mar menos confortable. Es un sistema físico y biológico sometido a estrés. El incremento de la temperatura favorece la estratificación del agua, reduce la mezcla vertical, limita la disponibilidad de oxígeno y compromete hábitats esenciales. Según el propio SOCIB, el calentamiento sostenido y la intensificación de las olas de calor marinas tienen efectos de largo alcance sobre los ecosistemas y las comunidades costeras, con amenazas para praderas de Posidonia oceánica, pesca, turismo, salud humana y exposición a episodios extremos.

La fiebre del mar altera algo más que la experiencia del baño. Cambia la respiración de los ecosistemas, modifica la distribución de las especies, aumenta la presión sobre hábitats frágiles y debilita la capacidad natural del litoral para defenderse.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) advierte en su evaluación sobre la región mediterránea de que las olas de calor incrementarán los episodios de mortalidad masiva en especies bentónicas, especialmente invertebrados como corales, esponjas, bivalvos, ascidias y briozoos. Ese mismo documento alerta de riesgos muy elevados para los ecosistemas marinos mediterráneos con niveles de calentamiento global de entre 1,5 y 2 grados.

El mar cerrado que durante siglos ha actuado como puente cultural, despensa biológica y motor económico entra así en una fase de vulnerabilidad acelerada. Su condición semicerrada, su intensa presión humana y la densidad de usos sobre el litoral multiplican la exposición al daño. Puertos, infraestructuras, paseos marítimos, playas urbanas, humedales, sistemas dunares y viviendas situadas cerca de la costa conviven con un nivel del mar que continúa elevándose. Según los datos recogidos por EFEverde a partir del informe del SOCIB, desde 1993 la tendencia media de subida del nivel del mar en la cuenca mediterránea es de 3,4 centímetros por década, con tasas superiores en algunas subregiones.

PALMA. OCEANOGRAFIA. Mortalidades masivas en el Mediterráneo por las olas de calor marinas. La gorgonia roja, una de las especie
La fiebre del mar cambia la respiración de los ecosistemas y modifica la distribución de las especies, entre otros.

Esa subida no actúa sola. Se combina con temporales, pérdida de sedimentos, urbanización excesiva, degradación de ecosistemas y ocupación de zonas naturalmente dinámicas. El resultado es una costa más expuesta y menos flexible. El IPCC señala que el 37% de las áreas costeras mediterráneas se encuentra actualmente en riesgo moderado o alto de erosión e inundación, y advierte de que el aumento del nivel del mar incrementará el riesgo de inundación costera incluso aunque los cambios previstos en temporales marinos sean limitados.

La respuesta más sólida ante la crisis del Mediterráneo no pasa por intentar dominar el mar, sino por aprender a convivir con sus límites. La adaptación costera exige mapas de riesgo actualizados, modelos predictivos, observación oceanográfica continuada, planificación urbana prudente y una gobernanza capaz de anticiparse al impacto. El UNEP MAP recuerda que el Convenio de Barcelona ofrece marcos específicos para la acción climática regional, entre ellos la gestión integrada de zonas costeras y la adaptación de áreas marinas y litorales.

La tecnología resulta decisiva cuando se convierte en herramienta de prevención. Satélites, boyas, radares costeros, sensores submarinos y modelos numéricos permiten observar el mar con una precisión creciente, pero esa información solo adquiere sentido si orienta decisiones sobre urbanismo, turismo, puertos, restauración ecológica y protección de especies.

En esa defensa, la posidonia ocupa un lugar esencial. Sus praderas sostienen biodiversidad, fijan carbono, retienen sedimentos, mejoran la transparencia del agua y reducen la energía del oleaje. Un estudio publicado en Scientific Reports advierte de que la pérdida de estas fanerógamas marinas podría elevar de forma notable el nivel extremo del agua durante temporales y duplicar el impacto del cambio climático en determinadas áreas costeras de Baleares. Por ello, su conservación y restauración deben formar parte de cualquier estrategia seria de protección litoral.

Proteger el Mediterráneo exige reducir vertidos, controlar fondeos, mejorar la depuración, limitar la artificialización del litoral, preservar corredores ecológicos y asumir que la economía azul solo será viable si respeta la capacidad regenerativa de los ecosistemas. También implica avanzar en economía circular, porque cada residuo evitado, cada material recuperado y cada actividad con menor huella alivian la presión sobre un mar que ya soporta calentamiento, contaminación, plásticos, exceso de nutrientes y presión portuaria.

El diagnóstico se apoya en fuentes científicas e institucionales especializadas. UNEP MAP aporta el marco climático regional y los datos sobre calentamiento acelerado, erosión, inundación y salinización. SOCIB, a través de la información difundida por EFEverde, ofrece la lectura oceanográfica reciente sobre temperatura, olas de calor marinas, salinidad y nivel del mar en el Mediterráneo y Baleares. El IPCC evalúa los riesgos climáticos y de biodiversidad en la cuenca mediterránea. Scientific Reports recoge la evidencia sobre el papel protector de las praderas marinas, especialmente de la Posidonia oceánica, frente a la subida del nivel del mar y la erosión costera.

La temperatura del mar balear se dispara casi 6 grados en 15 días

La temperatura media del mar balear ha aumentado casi 6 grados en medio mes, según datos del Servei d’Observació Costanera de les Illes Balears (SOCIB), que registraron un valor de superficie de 18 grados a mediados de mayo que se disparó hasta los 23,74 grados el pasado 2 de junio, un incremento de 5,74 grados. Esta temperatura superaba en 4,03 grados la media de referencia, establecida en el período 1982-2015. A pesar de este intenso incremento, que coincidió con la llamada cúpula de calor de finales de mayo, el propio SOCIB prevé un descenso de la temperatura media del mar balear hasta el 12 de junio, con 22,71 grados, que aun así suponen 1,79 grados más que el período de referencia.

El 3 de junio se inició el descenso de la punta del día anterior; la temperatura media del mar balear en su superficie quedó fijada en 23,02 grados, que son 3,20 grados más que la media de referencia. De hecho, en mayo la temperatura en puntos concretos del mar ya alcanzó cifras récord del mes, con los 26,58 grados alcanzados en la boya de Maó y los 26,2 de la de sa Dragonera. Cabe destacar que la temperatura media del mar balear ha estado casi siempre por encima de su media de referencia a lo largo de 2026; sólo ha estado por debajo en días puntuales de marzo y abril.

En 2025, el Mar Mediterráneo alcanzó en algunas zonas temperaturas del agua hasta 6,5 grados por encima del promedio habitual registrado entre 1982 y 2015, con un promedio de 190 días de olas de calor marinas en todo el Mare Nostrum. Según el Informe Anual 2025 del SOCIB, Baleares registró el año con la temperatura superficial del mar más cálida de su historia tras una serie de años cálidos desde 2022. El año pasado, durante una ola de calor marina extrema en junio y julio, la temperatura superficial media alcanzó los 28,4 grados el 3 de julio (casi 5 grados por encima del promedio del período 1982–2015). Las observaciones in situ de las boyas costeras registraron temperaturas locales cercanas a los 31 grados.

En el Mediterráneo, las observaciones satelitales del programa Copernicus, procesadas y analizadas por el SOCIB, confirman una tasa de calentamiento a largo plazo de aproximadamente 0,4 grados por década desde 1982, con fuerte variabilidad regional.