Para abordar el reto del siglo XXI, la comunidad internacional ha comprendido que la sostenibilidad no puede limitarse a la gestión de entornos naturales remotos; debe penetrar en el corazón de las urbes. La interconexión entre la gestión del agua y la «revolución del bienestar» en las ciudades se manifiesta a través de un vínculo indisoluble entre el ODS 6: Agua Limpia y Saneamiento; el ODS 7: Energía Asequible y no Contaminante; y el ODS 11: Ciudades y Comunidades Sostenibles, todos pilares de la Agenda 2030 de la ONU.

El efecto ‘isla de calor’ es un fenómeno urbano por el que las ciudades registran temperaturas más altas que las zonas rurales cercanas.

De esta forma se llegará al mediodía con otro debate en eForum: La revolución del bienestar en nuestros municipios: energía, descarbonización, eficiencia y naturaleza urbana, que se enfoca en la citada revolución del bienestar: ciudades siendo ecosistemas verdes donde la eficiencia, los edificios sostenibles y la transición hacia energías limpias se conviertan en los pilares de una nueva salud urbana. Integrar una gestión inteligente del agua y del reciclaje junto a una decidida apuesta por la naturaleza urbana es el camino indispensable para rediseñar los entornos, garantizando un hábitat que fomente la prosperidad y la vida en total armonía.

Situar la apuesta por la naturaleza en el centro de la planificación urbana garantiza la revolución del bienestar

La transformación de las ciudades en ecosistemas verdes requiere una visión holística. Según los principios de las Naciones Unidas, la eficiencia no solo se aplica al consumo eléctrico, sino que existe un nexo crítico entre agua y energía. La gestión inteligente del agua en edificios sostenibles reduce la demanda energética, y dentro de esta revolución del bienestar, la infraestructura urbana debe evolucionar hacia modelos que la ONU denomina «infraestructuras resilientes». Esto implica que el diseño de nuestras ciudades debe incorporar la naturaleza urbana (como jardines verticales, techos verdes y sistemas de drenaje sostenible) que actúan como filtros naturales. Estos elementos no solo gestionan el agua de lluvia (Meta 6.6), sino que también combaten el efecto de «isla de calor», reduciendo la necesidad de refrigeración artificial y, por ende, el consumo de energías fósiles.

Al ser las ciudades grandes consumidoras de energía, impera que adopten medidas de compensación y reorganización.

El efecto ‘isla de calor’ es un fenómeno urbano por el que las ciudades registran temperaturas más altas que las zonas rurales cercanas debido a la concentración de edificios, asfalto y otras superficies que absorben y retienen el calor. La escasez de áreas verdes y la actividad humana, como el tráfico y el uso de sistemas de climatización, intensifican este efecto, especialmente durante las olas de calor. Como consecuencia, aumenta el consumo energético, se deteriora la calidad del aire y se incrementan los riesgos para la salud de la población, convirtiéndose en uno de los principales desafíos de adaptación al cambio climático en las áreas urbanas.

La armonía entre el agua, la energía y la naturaleza urbana define la nueva frontera del desarrollo

La Agenda 2030 subraya que la prosperidad y la vida en armonía dependen de un entorno saludable. La integración del reciclaje y la economía circular es fundamental en este rediseño. La Meta 6.3 del ODS 6 se centra en mejorar la calidad del agua reduciendo la contaminación y aumentando sustancialmente el reciclado y la reutilización segura.

Estas gestiones inteligentes no solo garantizan el suministro, sino que son la piedra angular de la nueva salud urbana. Un hábitat que integra la naturaleza y gestiona sus recursos de forma eficiente reduce el estrés ambiental sobre sus ciudadanos, fomentando un bienestar físico y mental que es el objetivo último de la transición hacia modelos de vida sostenibles.

Eficiencia y futuro en sinergia

La transición hacia energías limpias y la construcción sostenible son, en realidad, estrategias de defensa de la biodiversidad. Al reducir nuestra huella de carbono y mejorar la eficiencia hídrica en los entornos urbanos, protegemos los ecosistemas periféricos que suministran los recursos vitales. La ONU es clara: las ciudades consumen la mayor parte de la energía mundial y son responsables de una proporción masiva de emisiones; por tanto, su transformación es el campo de batalla principal para la supervivencia climática.

La armonía entre el agua, la energía y la naturaleza urbana define la nueva frontera del desarrollo

En conclusión, la armonía entre el agua, la energía y la naturaleza urbana define la nueva frontera del desarrollo. Rediseñar nuestros entornos bajo la guía de la Agenda 2030 nos permite construir ciudades que no sean meras aglomeraciones de cemento, sino organismos vivos y eficientes. Al situar la apuesta por la naturaleza en el centro de la planificación urbana, garantizamos que la revolución del bienestar sea una realidad tangible, asegurando un futuro próspero donde la vida urbana y la vitalidad del planeta coexistan en un equilibrio duradero.

Curro Viera

El futuro pasa por reinventar las ciudades en clave verde

Curro Viera

Las consecuencias del cambio climático son cada vez más graves y evidentes. El tiempo meteorológico se ha vuelto más inestable y cálido, con un mayor índice de olas de calor que afecta significativamente a la calidad de vida de las personas y a los peligros a los que se enfrentan en su día a día. El consenso entre numerosos expertos en estas materias evidencia que el Mediterráneo se puede considerar una de las zonas más afectadas por este problema. Los países de esta cuenca sufrirán ya a corto plazo las consecuencias, que en sus previsiones más extremas incluso hablan de un binomio humedad/calor que podría superar el límite de la tolerancia humana.

Las ciudades han sufrido una situación cuanto menos peculiar en las últimas décadas. El urbanismo, en aras de espacios públicos más baratos y de mantenimiento lo más sencillo posible, se ha volcado en la eliminación de zonas verdes en favor de enormes extensiones de cemento inhabitables. Las diferentes administraciones se ven en la necesidad de volver a la lógica del árbol, la sombra y los bancos para paliar el efecto conocido como ‘isla de calor’.

Las olas de calor, las geografías urbanas hostiles y la utilización de materiales poco eficientes han llevado a la necesidad de crear refugios climáticos como respuesta a los nuevos desafíos

En la naturaleza se puede sentir, incluso en plenos días de canícula, cómo al caer el sol la temperatura baja progresivamente. Y es que las materias naturales liberan el calor acumulado durante el día y se produce una regulación natural de la temperatura. Los materiales artificiales, usadas en la construcción y el urbanismo, tienen el efecto contrario, retienen el calor acumulado y lo mantienen durante la noche. No se produce así un efecto de regulación natural.

Refugios climáticos

Es aquí cuando toman valor los llamados refugios climáticos, zonas de la geografía urbana que ofrecen una limitación térmica a los ciudadanos en olas de calor. La ecuación es sencilla, pero ha costado llegar a ella: vegetación abundante, agua disponible, ventilación adecuada en el caso de interiores, uso de materiales naturales y distribución equitativa para llegar a todas las personas. Como en tantas otras ocasiones, volver a fórmulas del pasado es la clave para afrontar el futuro. Mallorca se ve especialmente afectada por esta nueva realidad, por ello muchas localidades están desarrollando planes de creación de refugios climáticos.

Las características que debe tener un refugio climático son muy variadas, pero todas ellas igual de importantes. Se deben distinguir en principio los dos tipos fundamentales que existen, los interiores y los exteriores. Los primeros son edificios públicos dotados de sistemas de climatización o, mejor aún, de soluciones climáticas que no impliquen un gasto energético y garanticen una temperatura confortable y constante. Los segundos son espacios como parques, zonas verdes, patios o plazas, que adopten las llamadas Soluciones Basadas en la Naturaleza (SBN). En ellas es imprescindible una elevada presencia de vegetación, que idealmente debe ser autóctona. No solo la vegetación es importante en estos últimos. Los materiales empleados deben ser de baja absorción de calor y se deben evitar los impermeables, que aumentan el riesgo de inundaciones. El acceso a agua potable es imprescindible y se deben crear láminas de agua, allí donde sea posible, que generen un micro-clima.

Siguiendo estas premisas se puede lograr además un aumento de la biodiversidad, al crear hábitats potenciales para insectos y fauna silvestre. Otro factor a tener en cuenta es la función de los refugios climáticos dentro de la red urbana. Son realmente útiles los creados como una red. De poco sirven puntos aislados si se quieren municipios realmente adaptados a la realidad climática. Se deberían crear itinerarios lo más naturalizados posible que unan diferentes infraestructuras.

Si se apuesta de una forma valiente y decidida por los refugios climáticos, se lograrán muchos beneficios sociales y sanitarios, se hará de pueblos y ciudades elementos activos en la regulación del clima y se concienciará a los usuarios de la importancia de una naturaleza presente en nuestro día a día, da igual lo grande o pequeña que sea nuestra localidad.